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COLECCIÓN NARRATIVA
Novela negra

Las caracolas de Nerja
Miguel A. Sangermano
Argentina



U$S 5.00 (digital) pague 

U$S 12.00 (papel, más envío) solicite 


264 pp.

 

 

 

ISBN 978-987-23805-5-7

 

 

 

 

COMENTARIO


Las caracolas de Nerja es un relato de amores, pasiones y desamores que contiene mucho de bribonería. En Sevilla, Veracruz y Ciudad de México, se colman nuestras necesidades por el misterio y el amor, que al cabo son lo mismo.

La novela sorprende a la chita callando por sus variadas sutilezas, por el idioma y la idiosincrasia de diferentes épocas en una misma historia. Miguel Sangermano, escritor profundo, emplea un léxico coloquial que seduce desde el vamos y, esta vez, desde el género negro abierto, en el que los lectores creemos saberlo todo... ¿o no? (Jorge Morfín Hierro, escritor, México, D.F.).

 

Miguel Ángel Sangermano (Mar del Plata, 1945) es autor de Vivencias de una muerte, un libro de cuentos editado en 1998 por Plaza y Valdés en México, D. F.; a éste le siguieron Un hombre, un árbol (e-libro.net, Buenos Aires, cuentos) y Tristezas de una gaviota, su primera novela, publicada también en Buenos Aires, en 2004. Con Las caracolas de Nerja realiza su primera incursión en el género de novela negra.

 

FRAGMENTO

 

 

La Habana, julio de 1702


Los filibusteros asolaban el Caribe. Por eso, cada noche, a las nueve, se tendía una gruesa cadena de tozas, del castillo del Morro al fuerte de San Salvador de la Punta. Cada noche, a las nueve, un elocuente cañonazo anunciaba el cierre del puerto.

Don Manuel de Velasco y Tejada, Almirante Real del Océano y Capitán en Jefe de la Flota del Oro, supo que era tiempo de partir. Hizo a un lado el cuaderno de bitácora y fue en busca de la vasija que contenía agua fresca. Al comprobar que estaba vacía soltó una blasfemia.

—¡Señor Barrancooo! —llamó con voz airada.

Su rugido ganó cubierta, sobreponiéndose al tenaz ir y venir de la tripulación que estibaba las últimas cajas con perlas de la isla Margarita. El embarque era solamente una mínima fracción de la fortuna obtenida por las flotas de Nueva España y de Tierra Firme en las Indias Occidentales: oro, plata, diamantes, esmeraldas, índigo, maderas, algodón, cacao, tabaco, cueros, quinina… más el producto de las gabelas recaudadas, más la venta de mercancías europeas, más la carga del galeón de Manila que portaba marfil, piedras preciosas, porcelana y un variado surtido de telas finas.

El rey de Francia, Luis XIV, había dado los pasos necesarios en el momento adecuado. Primero instauró en el trono de España a su nieto, Felipe de Anjou, y, posteriormente, exigió, a modo de compensación, una parte de las riquezas que la Flota del Oro llevaba de América. Por tal motivo, cuando don Manuel de Velasco solicitó desde La Habana una escolta para proteger el incomparable cargamento, el viejo dictador galo no dudó en enviar a la mejor escuadra de la Marine Royale, comandada por el conde de Châteaurenault, quien se comprometió ante su rey garantizando el arribo de los tesoros a Europa.

Don Manuel tomó el bicornio y abandonó la cámara de popa repitiendo el llamado:

—¡Señor Barrancooo!

No había terminado de subir la escalerilla cuando se topó con la gruesa figura del primer oficial.

—¡Vive Dios! ¿Dónde estabais?

—En el pañol de proa, capitán, poniendo fin a otro pleito. Afortunadamente la sangre no llegó al río —respondió Barranco con firmeza.

Durante la estiba, los marineros arramblaban con lo que podían. Doblones de oro, perlas, esmeraldas y diamantes iban a dar en pequeñas cantidades a sus ávidas faltriqueras. La vigilancia se hacía muy estricta al avecinarse el tornaviaje, y únicamente los cargadores tenían las riquezas al alcance de sus manos. Estaban quienes eran capaces de pelear a muerte por una talega con piedras preciosas; otros, en cambio, se asociaban con los centinelas que custodiaban la carga y dividían luego el fruto del pillaje. Don Manuel, convencido de que su tripulación merecía algo más que el escuálido estipendio acordado, prefería guardar distancias y hacer la vista gorda dejando la solución de los conflictos en manos del primer oficial. De esa manera esquivaba situaciones que podían tornarse aún más espinosas.

—Bien. Estaré en la posada del Cardenal. Ocupaos de enviar a La Bufona los cofres de los hermanos Chacón. En unos días llegará la custodia francesa y quiero que mi Flota esté pronta a zarpar. Algo más, señor Barranco… —la expresión de don Manuel había cambiado; alzó la voz para decir—: ¡No olvidéis llenar mi vasija con agua fresca!

—¡Ejem! ¡No volverá a ocurrir, capitán! Ya está lista vuestra chalana —respondió consternado el primer oficial, apartándose del camino.

La posada olía a ron, tabaco de hoja y marinero. Un tufo a fritanga llegaba desde la cocina saturando las narices. El griterío era escandaloso: pendencieros y borrachos hacían de las suyas, ora tentando los glúteos de las mozas que transitaban con sus bandejas cargadas, ora reteniéndolas por la fuerza.

Don Manuel penetró en el saloncito del entrepiso y saludó a José y Fernando Chacón, que comandaban las naves almiranta y almiranta de azogue, respectivamente. Fernando sirvió una jarra de vino y se la ofreció al recién llegado.

—¡A vuestra salud, don Manuel! —dijo.

Bebieron.

—He dado instrucciones al señor Barranco para que envíe vuestros cofres a la nave almiranta —don Manuel de Velasco y Tejada fue derecho al grano con voz apagada.

—¿A cuánto ascenderán los beneficios?, si es que Vuestra Merced ha hecho ya las cuentas —conociendo el bronco talante del capitán en jefe, José Chacón había seleccionado sus palabras.

Una morena de soberbias caderas entró sin llamar y comenzó a dejar raciones de arroz, frijoles y carne de cerdo. Don Manuel, sin quitarle los ojos de encima, aguardó a que la joven desapareciera y recién entonces respondió:

—Hay oro y plata equivalentes a un millón y medio en piezas de a ocho. Hemos pasao tres años lidiando con salvajes, huracanes, corsarios y enfermedades mortales; creo que lo merecemos —dijo don Manuel con autoridad.

Así como el fraude —mediante la declaración de una cantidad diez veces menor a la transportada— era práctica muy al uso durante el monopolio comercial de Sevilla, también lo era la distribución de beneficios a manos llenas entre quienes habían pagado a la Corona considerables sumas para participar de la travesía.

—¡Voto a la Virgen! Con semejante suma no necesitaremos volver a la mar. Agradezcamos a Dios y a… —don Fernando se persignó e hizo ademán de mirar al cielo pero no llegó a completar la frase.

—Don Fernando, primero hemos de atracar en Cádiz o en Pasajes o donde lo indique el Rey Nuestro Señor. A continuación podréis agradecer a quien os plazca —respondió De Velasco con sonrisa fatigada, distante, hundiendo un trozo de pan en la penumbra del caldo. Y agregó—: Permitidme un consejo, Vuestras Mercedes: no os adelantéis a los acontecimientos. La Guerra de Sucesión, tal y como está planteada, con Luis XIV manejando sin tapujos la política española, promete acarrearnos muchas complicaciones. ¿O creéis que Felipe de Anjou nos gobierna? ¡Por Dios, tiene sólo diecinueve años! Ese crío obedece ciegamente las órdenes de su abuelo. Será mejor no hacer planes hasta pisar suelo español —terminó el capitán sirviéndose un trozo de carne en su escudilla.

El cielo mataba el tiempo solazándose con los disímiles rumores de una noche afianzada, ardiente.

—Apenas llegue el conde de Châteaurenault volveremos a reunirnos para fijar la fecha de partida. ¡Id con Dios! —dijo don Manuel saludando a los hermanos Chacón. Recorrió el sendero de la playa con parsimonia, respirando profundamente, sabiendo que ya no volvería a la isla. Era tiempo de poner fin a tantos años de correrías y disfrutar de la vida en compañía de su familia.

A lo lejos se divisaba el gran fanal de la nave capitana. En cuestión de minutos la chalana arribó a la Jesús, María y José. Barranco, desde el castillo de proa, se apresuró a informar

—¡Sin novedad, señor!

—¿Mi vasija?

—¡Llena de agua fresca, señor!

—Enviad aviso a todas las naves: las tripulaciones tendrán mañana su última noche libre —ordenó don Manuel. Una vez en su camarote, comenzó a desvestirse con los ojos fijos en los tres cofres repletos de esmeraldas que tenía frente a él. Simbolizaban "su retribución particular" y no tenía por qué dar cuenta de ellos. Los descargaré en el Algarve para que el bueno de Bernardo me los lleve a Sevilla con el contrabando de mercancías finas —decidió el capitán antes de caer dormido.

 

México, Distrito Federal, agosto de 2004

No obstante su llamativa corpulencia, la mujer se mueve con garbo peculiar.

Baja del taxi en Pino Suárez y Uruguay. Una caminata le vendrá de perlas. Dobla a la izquierda y avanza por Venustiano Carranza hasta Palma; sucesivamente cruza 16 de Septiembre, Madero y 5 de Mayo. Son casi las once de la mañana y el ozono que se mezcla con los gases emitidos por microbuses y automóviles no se dispersa, irrita las vías respiratorias, provoca dolor de cabeza y una molesta comezón en los ojos.

El centro del Distrito Federal, ataviado con el bellísimo traje de su arquitectura colonial, conserva ese dejo que cautiva. En algunas zonas, la proliferación de vendedores ambulantes, que ocupan las aceras como si fueran dueños y señores, obliga a marchar zigzagueando o por la calle; una veintena de personas que se manifiesta contra el gobierno de Vicente Fox, avanza hacia el Zócalo gritando sin mucha convicción, se suma a la cacofonía habitual y entorpece el abigarrado tránsito, haciéndolo más lento, más anárquico y estridente; los policías prefieren abandonar la endémica escena sofocante.

La mujer corpulenta piensa que, tarde o temprano, semejante hacinamiento causará el colapso de la ciudad capital. Llega a Tacuba resollando. Dobla a la derecha, camina unos pasos, se detiene, observa con atención un sobrio escaparate en el que sobresalen un llamativo lingote de oro artificial y varias monedas con rótulos que indican procedencia, fecha de acuñación y precio. Pasa frente a la puerta de entrada mirando hacia el interior con cautela; en el otro escaparate una pizarra anuncia la cotización de diversos metales. Sobre la puerta de vidrio puede leerse: "Numismática Hernández Prieto, de Tomás Hernández Prieto e hijos".

Es el negocio que le han recomendado.

La mujer llama, escucha un zumbido, empuja la puerta y entra. De alguna parte brota el sedante bálsamo del aire acondicionado; al frente y a su espalda dos taciturnas cámaras de vigilancia la espían. Se acomoda como puede en la primera silla que encuentra, saca de la bolsa un pañuelo rosa y enjuga el sudor de su rostro, de su cuello, luego, nerviosa, comienza a girar sus pulgares uno sobre el otro.

El hombre de tez aceitunada hace su aparición. No tiene más de cuarenta años; su vestimenta es cara: traje azul —indiscutible casimir italiano—, camisa al tono y estrafalaria corbata amarilla.

Después de presentarse sirve un vaso de limonada con hielo. La mujer agradece soltando una resonante carcajada que mucho tiene de lamento. Antes de ocupar su lugar el joven desabrocha el botón del saco con movimiento estudiado. Desearía conocer el valor de esta moneda, dice ella, y se la ofrece. Él observa con curiosidad ambas caras, se levanta, pasa tras el mostrador y consulta un libro; frunce el ceño, menea la cabeza alzando las cejas, vuelve la vista hacia la mujer y le hace un comentario. Ella responde asintiendo. Torna a buscar el pañuelo rosa. El joven deposita la moneda en una romana, confirma el peso, se acerca y repite todo el proceso ante la atenta mirada de la clienta.

—Señora, la moneda es de oro puro y pesa 350 gramos; el oro está cotizando a 120 pesos el gramo; tenemos por aquí… 42,000 pesos. Como pieza de colección puedo ofrecerle 4,000 pesos más, o sea, un total de 46,000 pesos que, al cambio de hoy, serían 4,260 dólares. Permítame sugerirle que, antes de tomar una decisión, pida precio en otras numismáticas; hay unas cuantas por los alrededores… ¿No? Señora, agradezco su confianza… Aguárdeme tantito.

¡España! La mujer tiene ganas de bailar. ¡Tenerife!

El legado de su padre era realmente valioso. Dobla los billetes a la mitad, los vuelve a doblar, los guarda en la bolsa. El joven le ofrece una tarjeta personal. Si desea realizar otra operación avísenos antes; no siempre guardamos tanto efectivo en el local, agrega sonriente. La ayuda a levantarse y le pregunta si va en coche. ¿No? Entonces permítame pedirle un taxi. Ella agradece, deja escapar otra risotada, y luego charlan brevemente.

—Es de provincia, ¿verdad?

—Así es, señor. De Veracruz —responde la mujer.

—Puede llamarme Ramón. Soy un enamorado del puerto y su gente —el tono del joven es artificioso; agrega unos cuantos epítetos acerca del cielo, el mar y los jarochos—. ¡Ay!, olvidé apuntar sus datos en el registro de clientes —dice de pronto.

Ella le da su nombre completo y dirección, no tiene teléfono; él sonríe, la ayuda a subir al taxi. Fue un placer tratar con usted; hasta pronto, señora.

Ramón Hernández cierra la puerta principal con llave, observa ambas caras de la moneda. Traspone una pesada cortina y penetra en una habitación amueblada lujosamente; busca el teléfono del hotel donde se aloja don Pedro Almenares.

Seis meses después, la mujer vuelve a llamar. Claro que Ramón la recuerda. Necesito vender otra moneda igual a la anterior. ¿Ah, sí? Podríamos comprarle todas… si es que tiene más. No, por ahora sólo cambiaré una.

Acuerdan una cita. Y Ramón, exaltado, presiente que es momento de tender las redes; las palabras de la mujer denotaban a las claras que guardaba otras monedas, quién sabe cuántas más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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